La receta

Ayer fui por mis pastillas, las que la psiquiatra me recetó porque funcionó su pequeño experimento con mi cuerpo y mi mente. El nombre: rarísimo, como todos los medicamentos habidos y por haber.

A veces pienso: «Por qué carajos no le llaman: pastilla dolor de cabeza 1, pastilla dolor de cabeza 2, pastilla dolor de cabeza 3; etc» Así nos evitaríamos tomar cualquiera como quien juega a la ruleta rusa, con esa adrenalina de saber o no si te hará bien o si te enviará a la clínica a que te hagan un lavado gástrico de esos bravos!

Bueno, ayer saliendo de fisioterapia, super relax quise ir a caminar para comprar la bendita pastilla; sabía que si siempre la encontraba en una determinada farmacia, pues estaría allí. Error! Se les había acabado. La puta madre!!! A caminar a esa hora, y a rogar que no cierren las 10 farmacias que hay en mi distrito en Lima Limón.

Puerta tras puerta, reja tras reja; cada vez las ventanas se hacían mas chiquitas…estaba cansada y todo el «relajo» de mi fisioterapia se fue al carajo! De pronto me topé con una señorita que ya me conocía de una farmacia a la cual no visitaba hace mucho; lo bueno era que me sonrió, esa era la señal: tenía la pastilla! Un ojo de la cara costaba la dichosa pastillita -no importa, la tenía y eso era lo importante…sólo un pequeño problema: «Necesito la receta impresa» -me dijo; con su sonrisa amable y señalando su reloj con la mirada.

Veo el reloj: casi las 9 p.m. Eso quería decir que iban a cerrar varios sitios en el mercado; le pedí direcciones para ir a imprimir a algún lado la bendita receta (en este mundo pos Pandémico, ahora «todo» es PDF, o los putos QR); me dio una dirección cercana y fui corriendo a imprimir.

Regreso, saco mi riñón para pagar la cajita y le agrego una pizca de Soles adicionales para completar las 10 adicionales que no venían en la cajita. Me da mi voucher, pone todo en la bolsita de papel (muy responsable la farmacia) y me agradece la señorita.

Pienso de regreso a casa: Qué cara es la salud mental! Qué cara es la salud en general. Quise agradecer a la Noche por poder tener el dinero para pagar esas pastillas…de camino me topé con una pastelería y me compré un «engreimiento» para mí (así le dice mi psicoterapeuta, yo le digo: gastos hormiga) y seguí caminando.

Cerca a casa y con la sombra de una árbol, mientras veía la Luna le dije con la mirada bien firme: «A ver, osea que a mí me jodieron, me molieron a palos, a mí me hicieron la vida miserable en primaria, a mi me fallaron en la juventud y yo debo pagar el remedio con mi dinero? Bien cagona es la Vida, no bonita?!»